Rogelio Ciares es un cantor popular jujeño. Su canto es sencillo, agreste como su lugar: Abra Pampa, altiplanicie grande de la puna. Esa es la tierra a la que él ama, a la que le canta con un sentimiento tan profundo, que pareciera que siglos de su raza revivieran en su voz. Esa voz tiene el ímpetu y la sonoridad del huayra, dueño y señor de los espacios sin límites, libre elevador del vuelo. Y toca lindo la guitarra...
Tiene un modo característico de cantar, de conectarse con la gente, de trasmitir los afectos en todas sus gamas y variantes Alterna dulces sentimientos con ansias de rebelión y de justicia. Juega frases con picardía o despertando esperanzas en el amor mientras nos lleva, mágicamente -cuando quiere- a ponernos frente a frente con los enigmas de la vida y de la muerte.
Cuando el destino le arrebató a su madre, sintió la necesidad de cantarle en ella a la madre puneña, a aquella madre que no sólo pastea su haciendita, sino que al mismo tiempo hila su lana, teje, y vuelve con su quepi de leña a la espalda, a su rancho. Es la que luego continúa, incansable, la tarea del hogar; cuidando las guaguas, cocinando, recosiendo las ropas. El dolor de lo perdido se hizo vals en su corazón y se llamó “Qué fría te dormís”, una verdadera obra de arte.
Con su voz y su guitarra nos llega adentro, se mete con un modo a la vez sobrio y sentido, con algo de señorial; con esa presencia de ánimo del hombre que no se doblega.
Y para lograr todo eso es muy selectivo en su repertorio. Si no encuentra el tema que traduce sus emociones y pensamientos, se toma su tiempo. En esos tiempos, madura la creación propia, pule una frase, agrega algún acorde y deja aflorar, desde su memoria, trozos de paisajes indelebles que sorprenden, o personajes que a todos nos resultan familiares. Porque son auténticos como las vivencias sentidas de este hombre de la tierra.
Dice, sin falsa modestia, que es solo el trasmisor de lo que siente, quiere y espera su gente. Pero qué gran respeto y conocimiento implica a veces ser el intérprete fiel de todo un pueblo. Qué responsabilidad.
Toda su infancia, su formación, su educación, están presentes. Todo lo que fue tomando de su hogar y de diferentes escuelitas rurales en las que su padre –el director- cambiaba de destino. Conoció así lo que es andar solo los caminos y cómo enfrentar las inclemencias del tiempo. De niño sabía que si lo sorprendía la tormenta mientras pedaleaba en la bicicleta, debía esconderse entre las tolitas (arbustos de la zona) para protegerse de los rayos.
Otras veces, más afortunadas, salía a juntar culimas, güeroschos, y pasacanas, para endulzar el largo caminar hacia la escuela. Aprendió, entonces, en muchas tardes, a robarle la miel a los guancoiros, hurgando agujeritos en las paredes de adobe, o removiendo entre las peñas.
Pinceladas de estas aventuras de niño y de muy joven le ponen hoy dulzor a su canto. Es allí cuando el hombre, el “Runa Pacha”, le canta al amor y a la alegría. Pero en otras, en esos dramas con los que templó su vida, en esas duras injusticias que vio caer sobre los demás, renace luchador, osado, sagaz, dispuesto a cantar con toda la voz las verdades que golpean, que desnudan, que fortalecen.
Y como no busca el efecto fácil, ni lo desvela el éxito comercial, es un auténtico triunfador. Es él: Rogelio Ciares.
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